¿RODEAR LA UNIVERSIDAD?

Notícia publicada a La Vanguardia, 29.09.2020

La universidad es un espacio de conocimiento. La universidad hace investigación, docencia, transferencia e innovación. Además, entre otros muchas cosas, también hace política, si entendemos por política la articulación ordenada de una pluralidad de intereses y poderes que quieren participar en la definición de una vida en común. La hacen directamente algunos y algunas de sus miembros y también, en el mismo ámbito universitario, la institución. Pero como institución, de manera casi constante, lo hace indirectamente: desde el diseño e implementación de los planes de igualdad, pasando por decisiones sobre las matrículas, contrataciones o condiciones laborales, hasta las prioridades que fija tanto en el ámbito de la docencia como de la investigación. No es casual que la universidad haya sido protagonista en no pocos progresos sociales a lo largo de la historia.

En un periodo donde Catalunya vive años de mucha intensidad política, es natural que la universidad no permanezca ajena. Un ejemplo reciente es la polémica entre la ANC y el actual rector de la Universitat de Barcelona. Dejando al margen la perspectiva sobre este caso tan puntual como desafortunado (las actividades de la Diada de este año no han supuesto ningún descalabro), la relación entre la universidad y la política vuelve a estar en el centro. Una relación delicada pero que no puede ser escondida. De hecho, sería problemático si la institución universitaria quisiera vivir de espalda a esta realidad o pensara que es impermeable.

El hecho de que la universidad sea un espacio político no significa que tenga que hacer política partidista

El hecho de que la universidad sea, entre otros aspectos, un espacio político no significa que la universidad tenga que hacer política partidista. Eso iría en contra de uno de sus principales activos: la pluralidad. Desgraciadamente, hemos visto cómo esta pluralidad se ha planteado como un problema a gestionar en lugar de como un valor a abrazar y aprovechar y se ha apelado al comodín de una neutralidad inexistente para seguir ignorando la realidad que la rodea.

El reconocimiento honesto de la universidad como actor político contribuiría al hecho de evitar que la institución se quede al margen ante situaciones que afectan gravemente a los derechos de los miembros de su comunidad. Por ejemplo, velar para que se garanticen los derechos de uno o una estudiante detenida en una protesta o de un profesor o profesora juzgada por aquello que haya podido hacer como parte de su actividad política o académica, no comporta apoyar aquello que hecho o sus motivos políticos. Negar y dejar a los y las miembros de la comunidad universitaria a su suerte dista mucho de defender la pluralidad.

Ponerse al lado de las universidades implica respetar su independencia y sacar provecho de su pluralidad. Eso quiere decir que la universidad no se puede utilizar por intereses políticos particulares o de partido: ni por acción (parcialidad), ni por omisión (neutralidad). Estamos y estaremos por la defensa absoluta de los principios universitarios que garantizan su pluralidad, como la cultura de la libertad y de la paz; los valores cívicos y democráticos; la justicia y los derechos fundamentales; la igualdad, la solidaridad y el respeto por la dignidad de las personas. Unos valores que hemos visto rodeados en defensa de una parcialidad y de una neutralidad incompatibles con la fascinante pluralidad que nos puede ofrecer la institución.

 

 

ANDER ERRASTI LOPEZ, Professor associat de la Universitat de Barcelona

JOAN GUÀRDIA OLMOS, Catedràtic de la Universitat de Barcelona
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